La prevención de adicciones empieza en la infancia y va por dos caminos fundamentales, hablo de ambos al mismo tiempo porque están muy entrelazados.

El primero es estar atentos al modelo «adictivo» (o no) que mostramos, a lo que nosotros hacemos delante de nuestros hijos. Aunque no somos los únicos, ven a otros adultos de su entorno cercano y también en televisión, en Internet, en el colegio, en la calle, en el barrio, en el centro comercial, etc., y como no los podemos guardar en una cajita hasta que crezcan (aunque lo hiciéramos no serviría porque saldrían igual de frágiles que como entraron), es que el segundo camino es tan importante como el primero: se trata de trabajar para la integración de distintos aspectos de las personas de nuestros hijos y el desarrollo y fortalecimiento de sus recursos internos, de modo que:

  • 1) puedan afrontar las experiencias que viven, lo que ven, escuchan, reciben, etc. sin usar mecanismos que los debilitan, como negar, reprimir, echarle la culpa a otros, y sin usar otros métodos para escapar de esas situaciones,
  • 2) se vayan fortaleciendo y puedan tolerar niveles crecientes de estrés, dolor, ofensa, desilusión, sufrimiento, inseguridad, incomodidad, enojo, miedo, celos, y otras emociones «oscuras» ( así las llamo en Capacitación emocional para la familia); puedan hablar de lo que sienten y piensan y de lo que les ocurre y de esa forma hacerlo propio, puedan entonces atravesarlo y procesarlo, y no necesiten tomar tentadores atajos para evitarlo. ¡Y los adultos tenemos que aprender a hacer lo mismo y a no fomentar esos atajos en nuestros hijos!

Nuestra tarea no es evitarles los problemas o suavizárselos con diferentes anestesias, como caramelos, regalitos, distracciones, etc. sino acompañarlos en la situaciones difíciles de modo que, al comienzo de nuestra mano y luego solos, adquieran recursos crecientes para afrontar niveles de dificultades y de estrés cada vez más altos a medida que crecen y enfrentan situaciones de complejidad también creciente.

Crecer para los chicos es difícil, nos ven asumir responsabilidades, resolver situaciones, trabajar, criarlos a ellos… y temen no lograr algo parecido. Jugar a ser grande, hacerse el grande, vestirse de grandes son las cosas que hacen para ir practicando, con miedo de no llegar a cumplir con nuestras expectativas o con las suyas propias. Llegan a la adolescencia y prueban alcohol y les resulta dulce y relajante, o les da coraje; o fuman un cigarrillo para sentirse o hacerse los grandes, o porque se sienten muy inseguros, o para ser iguales al canchero de la clase; además está prohibido para ellos, y justamente por eso los tienta probar. Ven disfrutar de estos recursos a los adultos y a los adolescentes mayores, personas que ellos quieren, valoran y admiran, también a los «famosos» o a sus personajes favoritos de la tele y de los jueguitos, por suerte ya no explícitamente en las publicidades. A esto se suma la presión de lo que entra en sus vidas subliminalmente, peligroso porque lo hace sin que le abramos la puerta, y sin que los chicos registren que hay algo de lo que tienen que defenderse.

La sociedad de consumo nos tienta a que evitemos a nuestros hijos el dolor y el sufrimiento desde muy chiquitos. Al mismo tiempo los adultos somos permanentes modelos de «atajos» con el mismo objetivo, una pastilla para levantar mi ánimo si estoy bajoneada, otra para subir a un avión si tengo miedo, un energizante para poder jugar al fútbol cuando el cuerpo pide a gritos que no lo haga, un trago para entonarme antes de salir.

Al tomar esos atajos (con nosotros mismos y con nuestros hijos) no nos conectamos ni los ayudamos a conectarse con lo que les pasa, ya sea miedo, tristeza, desilusión, enojo, frustración, ofensa, vergüenza, falta de confianza, por lo que no adquieren recursos para afrontar, transitar, procesar o resolver esos incómodos estados. El alcohol, cuando llegan a la adolescencia, viene a ocupar un lugar privilegiado para cuando mamá y papá no están cerca para hacerles diversos «sana, sana, colita de rana» y quitarles cualquier preocupación, inseguridad, dolor o sufrimiento. Ahogan sus incomodidades y pesares en un trago, sin darse cuenta de que sólo logran postergar -no evitar- el encuentro con lo que les pasa. Y mientras tanto lo que les pasa crece y cada vez les cuesta más enfrentarlo

De Maritchu Seitún para La Nación

Fuente:

Lic. Victoria Miguens

M.N. 61831

Eje Norte Equipo Psicoterapéutico

 

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